LAS CREENCIAS LIMITANTES

A Henry Ford, pionero de la industria automotriz y creador de la marca que lleva su nombre, se le atribuye la siguiente frase: “Tanto si crees que puedes como si crees que no puedes, tienes razón”. En estas pocas palabras se describe magistralmente el peso que tienen las creencias en nuestras vidas.
Todos tenemos creencias, y algunas de ellas son positivas o empoderadoras. El problema lo constituyen las que son negativas o limitantes.
Muchas de estas creencias provienen de nuestra familia, y para identificarlas basta recordar las frases que escuchábamos cuando éramos chicos, como si fueran verdades incuestionables. A modo de ejemplo voy a citar algunas referidas a diferentes temas.

Dinero:

“Nosotros nacimos pobres y vamos a morir pobres”
“Mejor pobre pero honrado”
“El dinero corrompe”

Trabajo:

“El trabajo es sacrificio”
“El trabajo es sufrimiento”
“Hay que esforzarse trabajando toda la vida para poder disfrutar de la vejez”

Género:

“Todos los hombres (o mujeres) son iguales”
“Es más importante ser bonita que ser inteligente”
“El hombre es como el oso, cuanto más feo más hermoso”

Este tipo de creencias, si bien nos determinan en buena medida, al ser tan generales suelen ser menos traumáticas que las que son vividas a modo personal por referirse a aspectos individuales. Estas últimas, aunque pueden surgir de las creencias familiares o relacionarse con ellas, habitualmente se generan durante la vida de cada uno de nosotros, principalmente en los primeros años, y provienen de la interrelación directa con las figuras de autoridad o de la interpretación que hacemos de los hechos acontecidos.
Las más comunes se refieren a la propia capacidad o al aspecto físico. Muchas veces los propios padres o adultos referentes de los niños (tales como educadores, abuelos, etc.) son los que generan en ellos creencias negativas al trasmitir directa o indirectamente, en forma consciente o no, conceptos desvalorizantes. Lo pueden hacer mediante insultos o comentarios concretos al decirle al niño que es tonto, loco, torpe, haragán, feo, gordo, etc., o pueden hacerlo indirectamente al destacar repetidamente las características de otro niño que es inteligente, hábil, bonito o simpático, sin tener en cuenta la comparación que está implícita en este hecho.
Incluso el silencio del adulto puede generar una creencia negativa en el niño cuando éste espera un elogio o un reconocimiento que nunca llega, lo que es vivido como que los logros obtenidos no son valiosos.
También se pueden generar creencias limitantes a partir de interpretaciones, no siempre acertadas, que el niño hace de determinadas situaciones vividas. Desde la capacidad de comprensión propia de su corta edad y de su inexperiencia, a veces saca conclusiones que poco o nada tienen que ver con la realidad, y que pueden estar marcando pautas para generar conceptos negativos sobre sí mismo.
Obviamente los actos violentos como golpes, abusos, amenazas, etc., dejan huellas muy profundas en los niños, y no solamente a nivel de las creencias.

Las creencias negativas pueden provenir de informaciones incorrectas, pero se relacionan principalmente con las emociones, con lo que sentimos que valemos o que somos capaces de lograr. En la vida adulta probablemente nos encontremos en situaciones laborales o vinculares que refuercen nuestras creencias, como por ejemplo trabajar en un lugar donde los méritos no sean reconocidos, o el salario no esté en concordancia con la responsabilidad del cargo, o tener una pareja que nos desvalorice.

Afortunadamente las creencias negativas o limitantes se pueden cambiar, y a partir de allí redirigir nuestra vida hacia los objetivos deseados, dejando de ser una víctima del destino para transformarnos en el capitán de nuestro barco.

Lic. Psic. Isabel Castro Rey / Cel.: 099 803 299 / Tel.: 2613 3676